Madrid acoge a más de 40.000 estudiantes procedentes de otras regiones
Miles de estudiantes se enfrentan cada año a la difícil decisión de elegir carrera, pero esto no es más que el primer obstáculo. Un gran porcentaje decide marcharse de su tierra natal para realizar sus estudios universitarios. La Comunidad de Madrid concentra el mayor número de estudiantes procedentes de otras regiones. Son más de 40.000 los alumnos que, nacidos en otras comunidades autónomas, residen y estudian actualmente en Madrid.
Un reportaje de A. Cruz, S. Esteso y R. Jiménez
Santiago Álvarez, de Las Palmas de Gran Canaria, es un claro ejemplo. Este año estudia último curso del segundo ciclo de periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid. Cruzó el charco tras haber estudiado filología hispánica en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y ahora, en la capital, su día a día es muy diferente. Ha pasado de compartir habitación con su hermano y comer las lentejas de mamá, a convivir con un desconocido y lavarse su propia ropa. Santiago vive en una de las tres residencias que posee su Universidad y se costea tanto el alojamiento como la manutención.
Este año le han concedido la beca de movilidad del Ministerio de Educación, por lo que cuenta con una ayuda económica para su estancia en Madrid. Tomó la decisión de trasladarse a la capital debido a que su antigua universidad no ofertaba la licenciatura de periodismo y al prestigio de la Universidad madrileña. Sin embargo, Adrián Angulo eligió la misma Universidad pensando exclusivamente en su futuro y en las oportunidades profesionales que no le ofrecía su localidad natal, Briviesca (Burgos). “Allí no hay trabajo. Por eso me vine a Madrid”, asegura de forma rotunda.
El gran número de universidades que tienen su sede en la Comunidad de Madrid y su situación como punto central de la red de comunicaciones y transportes del país, hace que la primera elección para los estudiantes que deciden iniciar o continuar sus estudios fuera de su ciudad sea Madrid.
Las titulaciones que cuentan con una mayor demanda por parte de los estudiantes universitarios que escogen Madrid para continuar sus estudios son Medicina, Arquitectura, Periodismo y Comunicación Audiovisual, según datos del Ministerio de Educación. El escaso número de plazas ofertadas en el conjunto del Estado, hace que las notas exigidas para acceder a estos estudios se eleven considerablemente, lo que fuerza a los estudiantes a solicitar plaza en las universidades madrileñas que concentran una alta oferta en un espacio delimitado. Ejemplo de ello es la situación de la Universidad de Santiago de Compostela, la única que oferta la carrera de periodismo en Galicia, con 100 plazas de ciclo largo y sólo cinco de segundo ciclo, frente a las 1.230 de ciclo largo y 235 de segundo ciclo que ofertan las cuatro universidades de Madrid en las que se imparte esta titulación.
Junto a este fenómeno, las universidades madrileñas han decidido afrontar una reestructuración de la mayoría de sus planes de estudio, haciéndolos más flexibles e interdisciplinares para responder a la alta demanda de la sociedad. De este modo permiten a sus alumnos obtener dos títulos oficiales en menos años. La Universidad Carlos III y la Rey Juan Carlos son claros ejemplos de ello. En este último año académico, han ofertado estudios conjuntos como Derecho y Administración y Dirección de empresas, Economía y Periodismo, y Periodismo y Comunicación Audiovisual. Estas titulaciones se obtienen cursando ambos estudios al mismo tiempo. Asimismo, estas universidades también ofrecen estudios combinados que permiten al estudiante cursar una licenciatura completa y un segundo ciclo sin tener problemas de horarios. Algunos de los estudios combinados ofertados por las universidades son: Derecho-Periodismo, Economía-Periodismo, Informática-Documentación, Ingeniería Química y de Materiales.
Los alumnos que optan por estas dobles titulaciones finalizan sus estudios con una formación teórica y práctica que les capacita para desempeñar puestos de máxima responsabilidad. El elevado nivel de exigencia de estas licenciaturas y la cualificación que proporcionan, hacen que sean especialmente bien valorados en el mercado de trabajo y de ello da cuenta el alto nivel general de inserción laboral de estos titulados y los numerosos convenios firmados entre empresas y universidades.
“En Burgos, donde yo vivo no hay trabajo. Por eso me vine a Madrid”, asegura Adrián
Inversión importante
Sin embargo, poder acceder a estas oportunidades sigue suponiendo un considerable esfuerzo económico para la mayoría de las familias españolas. A diferencia de Santiago, Adrián vive en un piso compartido con otros tres estudiantes y soporta un gasto de 400 euros al mes sólo en alojamiento. A esta cantidad hay que añadir otras, como las empleadas en comida, matrícula, transporte… toda una inversión que hay que tener en cuenta a la hora de decidir marcharse a estudiar lejos de casa.
Si en lugar de compartir un piso de estudiantes, se opta por una residencia universitaria, la factura puede dispararse. El precio de la habitación doble en las residencias de la Universidad Carlos III oscila entre los 609 y 750 euros dependiendo de los ingresos brutos de la unidad familiar. En caso de que la habitación fuese individual el coste mensual se situaría entre 754 y 900 euros. A cambio, el estudiante dispone de pensión completa y servicio de limpieza y la posibilidad de acceder a Internet o utilizar un gimnasio o una biblioteca, sin salir del edificio en el que vive.
“Durante dos meses viví en un piso compartido, pero la convivencia no era buena”, comenta María del Mar Ibarra. “Me pasaba el día en mi cuarto, sola. Sin embargo, en la residencia siempre tienes con quien hablar”. María estudia Periodismo y Comunicación Audiovisual y comparte habitación en la Residencia Fernando de Los Ríos de la Universidad Carlos III. La residencia se encuentra justo al lado de su facultad, por lo que no utiliza transporte público para acudir a clase.
El pago del transporte público en el que acuden a la Universidad es otro de los gastos periódicos que tienen que afrontar los estudiantes. Santiago, como María, también estudia en Getafe. “Como vivo en Leganés, tengo que comprar tarjetas de diez viajes para el metro”. El transporte le supone un gasto de casi 25 euros al mes. Su compañero de clase Luis González, por el contrario, vive en Madrid y alterna el uso de su coche con el transporte público. “En general me gasto unos 50 euros al mes en gasolina y unos 47 en el abono mensual”. No es lo más habitual, ya que pocos estudiantes combinan el uso de los dos medios de transporte. “Compro el abono, porque trabajo como profesor y la Consejería me lo paga”, afirma Luis, que asegura preferir el transporte público para evitar los problemas de tráfico en la entrada y salida de la capital. “Además, la mayor parte de los días es casi imposible aparcar en la Facultad”, añade.
La hora de la comida supone también una importante fuente de gastos para los estudiantes. El coste de la alimentación de los que viven en residencias está incluido en la mensualidad, ya que suelen disfrutar de pensión completa. Los estudiantes que viven en pisos compartidos se dejan entre 100 y 200 euros mensuales en la cesta de la compra. Además, tienen que invertir bastante tiempo en adquirir los alimentos y prepararlos. Es frecuente que, cuando se comparte piso, los compañeros no tengan los mismos gustos, por lo que cada uno realiza su compra y prepara su propia comida. “Nosotros compramos cuatro tipos de leche distintas, porque uno la toma desnatada, otro semi, y los otros entera, pero de distintas marcas”, se queja Adrián, que comparte el piso con otros tres estudiantes. “Con el Cola Cao pasa lo mismo”, sentencia.
Sin embargo, muchos fines de semana, unen sus provisiones y preparan la comida todos juntos. “Si cocinamos para cuatro, siempre sale más barato que para uno solo”. Esto es lo que ha pensado Almudena Muro, que estudia en la Universidad Rey Juan Carlos y vive en Fuenlabrada. Comparte piso con otras dos chicas y un chico. Realizan la compra del mes en conjunto y se reparten las tareas en la cocina. “A los cuatro nos sale más rentable que hacerlo por separado, aunque a Marcos le sale más barato porque come mucho más que nosotras”, confiesa entre risas. Otra opción interesante son los comedores universitarios, que suelen ofrecer menús a precios reducidos.
“Aquí se pierde el tiempo por todo. Madrid cada vez me gusta menos”, se queja Luis
La región de procedencia del alumno también condiciona los gastos que tiene que afrontar. “Antes de venir a Madrid, no sabía lo que era un abrigo. ¡Si en Canarias sólo usaba cazadoras vaqueras!”, dice Mar González, de Tenerife. Sólo en chaquetas, bufandas y guantes, Santiago gastó 400 euros durante su primer invierno en Madrid.
Además, “si eres de Canarias ir a casa no te cuesta menos de 80 euros”. A pesar de que Santiago voló seis veces a Gran Canaria durante el curso pasado, confiesa que le hubiese gustado visitar a su familia en más ocasiones. A diferencia de los estudiantes que proceden de comunidades peninsulares, los canarios o baleares se ven obligados a utilizar el avión cada vez que viajan a casa. A pesar de que cuentan con subvenciones para adquirir los billetes, se quejan de su alto precio, sobre todo en fechas señaladas.
Otro gasto al que tienen que enfrentarse todos los estudiantes, con independencia de su lugar de origen es la factura telefónica, que puede llegar a triplicarse con respecto a la que pagaban en sus regiones de origen. Una opción que abarata este coste es la empleada por Luis, que contrató una línea de telefonía fija junto a sus compañeras de piso. Las opciones más populares son aquéllas que incluyen conexión a Internet y llamadas nacionales por un importe fijo. “Antes teníamos Telefónica y pagábamos casi 70 euros al mes. Por eso, acabamos de pasarnos a Orange, que no nos cobra la cuota de mantenimiento”, comenta Luis. Y es que el objetivo de la mayor parte de los estudiantes es ahorrar lo máximo posible en sus gastos diarios para emplear el excedente en su tiempo de ocio.
Vivir o convivir
Para decidir entre vivir en un piso de estudiantes o en una residencia, además del presupuesto disponible, es necesario tener en cuenta los posibles problemas de adaptación y convivencia. En pisos, los alumnos tienen que ponerse de acuerdo y establecer unas normas de convivencia y limpieza, pero gozan de total intimidad en sus dormitorios. Por el contrario, en las residencias, esa intimidad es inexistente, ya que en la mayoría de los casos, la habitación es compartida con otro estudiante.
Después de abandonar el piso en el que pasó sus dos primeros meses en Madrid, María esperaba encontrar en su nueva compañera de cuarto de la residencia a la hermana que dejó en casa. “Sin embargo, lo que me encontré fue a una de las hermanastras de La Cenicienta“. María pensaba que, por tener la misma edad y compartir estudios, la convivencia iba a ser sencilla, pero se equivocaba. Mientras que ella necesita el contacto con la gente, su compañera era muy independiente y solitaria. “Yo necesito el cariño de las personas para vivir. Ella sólo necesitaba un libro”, sentencia María. Este año comparte habitación con Alba, con la que asegura llevarse bien.
Santiago tuvo algo más de suerte. Afirma que congenió muy bien con su compañero desde el primer día. Prueba de ello es que este año han repetido convivencia en la misma habitación.
Aunque en un piso se goza de mayor intimidad que en la residencia, también es importante alcanzar una convivencia satisfactoria, ya que el correcto funcionamiento de la casa depende del grado de implicación de todos sus inquilinos. Adrián comparte, desde hace un año, su piso con tres compañeros con los que estudió publicidad en Segovia. “Como ya nos conocíamos de antes, la convivencia es más fácil”, argumenta. Sin embargo, el hecho de conocerse no garantiza una convivencia pacífica.
A la hora de buscar un compañero de piso es conveniente tener en cuenta aspectos como la compatibilidad de caracteres, la responsabilidad y el respeto a las normas de convivencia acordadas entre los estudiantes que compartan el piso.
Estudiar una carrera lejos de casa supone un enorme esfuerzo económico y un sacrificio personal, que no siempre se ve recompensado. Miles de estudiantes asumen el riesgo de fracaso cada año. Arriesgarse merece la pena.
Más información:
Unas universidades cosmopolitas
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