El espíritu olímpico murió el pasado lunes en París. Durante unos minutos, los organizadores de la marcha que debe llevar la antorcha olímpica en su peregrinaje por el mundo hasta Pekín, se vieron obligados a apagar la llama prendida en Olimpia. Los intentos de boicot de la marcha efectuados por grupos defensores de los derechos humanos se anotaron su primer triunfo. Hasta el Dalai Lama, desde su exilio, se congratulaba por este hecho.
Sobre los Juegos Olímpicos de Pekín planea la sombra de un posible boicot, situación que no se da desde que, en 1984, la URSS y trece estados del bloque soviético, declinaron acudir a la cita olímpica de Los Ángeles. En China, la situación es diferente. La mayor parte de los países ha ratificado su decisión de acudir a Pekín. Muchos dicen que lo harán por respeto a sus delegaciones de deportistas, tal y como pide el Comité Olímpico Internacional (COI). Pero lo cierto es que casi nadie protestó hace siete años, cuando se concedieron los Juegos al país asiático.
Con los atletas que debían ir a Moscú no hubo tanta consideración. En 1980, sesenta y cinco países faltaron a la cita olímpica. La mayor parte de ellos presionados por EE UU, que amenazó a sus atletas con retirarles el pasaporte para impedir que viajaran a la capital rusa. Sólo Reino Unido y Australia permitieron a sus deportistas acudir a los Juegos, pero bajo la bandera olímpica. No se trataba más que de otra partida en el largo juego de la Guerra Fría. Pero no fueron los primeros en ser boicoteados.
En 1976, veinticuatro estados africanos no acudieron a la cita olímpica de Montreal, en respuesta a la negativa del COI a expulsar a Nueva Zelanda de los Juegos. Nueva Zelanda había competido con Sudáfrica, estado excluido del Movimiento Olímpico por su política del apartheid. Era el primer boicot a unos Juegos. Y por violación de derechos humanos.
Treinta y dos años después, la mayor parte de los países del mundo asegura la presencia de sus atletas en Pekín, y sólo juega a deshojar la margarita de la asistencia de sus jefes de Estado y Gobierno a las ceremonias de inauguración y clausura. Pero es que el boicot que se pide para el gigante asiático no tiene nada que ver con la alta política.
La cuestión es que en China hay un déficit de derechos y la presencia de varios cientos de miles de turistas, armados con cámaras digitales y teléfonos móviles con acceso a Internet, y miles de periodistas occidentales, nada acostumbrados a la censura, constituye un gran quebradero de cabeza para las autoridades del país asiático. Ni el peligro de hipotéticos atentados puede justificar su censura.
En la era de las telecomunicaciones, el boicot a unos Juegos cuya organización nunca debió ser otorgada a una dictadura que quería lavar su imagen, no parece ser la mejor solución. La mejor forma de apoyar los derechos humanos en China -que no sólo cercena los de los monjes tibetanos, sino los del conjunto de su población- es tan sencilla como aprovechar los Juegos para acudir al país y denunciar desde allí todas las violaciones que se constaten.
El barón de Coubertin, padre de los Juegos Olímpicos modernos, propugnaba como principal valor del olimpismo que “lo importante es participar”. Acudir a Pekín con el mayor de los ojos críticos, quizá sea la única forma de rehabilitar un espíritu olímpico herido de muerte, tras el empeño del COI de llevar los Juegos a una China que no estaba preparada para acogerlos.




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