Crónica de un paseo por el Madrid más científico
¿A qué velocidad pueden desplazarse las medusas? Con esta pregunta, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) anunciaba el lanzamiento de un juego elaborado con el objetivo de fomentar el conocimiento de los jóvenes sobre el mar.
En los diez primeros días de 2008, el CSIC presentó también un programa europeo para coordinar proyectos de I+D con los países del Mediterráneo y publicó los resultados de dos investigaciones realizadas por sus científicos. Sin embargo, con un presupuesto de más de 657 millones de euros en 2006 y más de 7.000 científicos a su servicio, este organismo es un gran desconocido para la mayoría de los españoles.
Para saber qué es y cómo funciona el CSIC hay que acudir a su sede central, situada en la exclusiva calle Serrano de Madrid. El día escogido, el 11 de enero, amanece lluvioso y muy frío. Entrar en el complejo resulta sencillo. Basta con decirle al vigilante que quieres ir al CSIC. El edificio principal está al fondo. A su izquierda, se sitúa el Archivo Histórico Nacional y en el otro lado, el Edificio Rockefeller, que este año celebra su 75 aniversario con una exposición.
Tal vez sea por el día tan desapacible o por la basura que se acumula en la parte trasera de los edificios, pero cuesta creer que en ese lugar se gestione la investigación española de más alto nivel. De hecho, la actividad en los edificios laterales es, a simple vista, nula. Cuatro personas que fuman en la entrada del edificio donde se encuentran los órganos directivos constituyen la única señal de que el día es laborable.
Una vez dentro del edificio, la libertad de movimientos sigue siendo casi absoluta. Importa poco: en este edificio no se investiga. Tampoco reúne las condiciones adecuadas. La arquitectura y su decoración recuerdan a las de cualquier palacio: techos altos, muebles antiguos y poco funcionales, lujosas alfombras en las salas… Podría decirse que su uso es cualquiera antes que el de un edificio administrativo. Cuando se abandonan las plantas nobles, el panorama cambia.
El sótano presenta un aspecto casi desolador. Cajas, montañas de papeles y dos fotocopiadoras ocupan un rincón del pasillo. Allí se encuentra el departamento de protocolo, encargado de las relaciones institucionales. Delante del despacho, tienen una vitrina donde exponen diversos productos con el logotipo del CSIC. El merchandising en forma de gorras, corbatas y llaveros también ha llegado a la ciencia.
En esta planta sólo llama la atención la presencia de grandes archivadores de madera que dan un sabor añejo al edificio. Es curioso comprobar que aún conservan pequeñas fichas de datos en su interior.
La sombra del 27
Ante la imposibilidad encontrar algún investigador, lo más aconsejable es volver a enfrentarse a la lluvia, de camino a la Residencia de Estudiantes. En el edificio que un día acogió entre sus paredes a los miembros de la Generación del 27 reina una paz absoluta. Por motivos de privacidad no se puede acceder a las habitaciones, aunque sí a la biblioteca y al salón de actos. Esta última estancia, que cuenta con los últimos adelantos tecnológicos en materia audiovisual, sigue estando presidida por el piano que, dicen, solía tocar García Lorca y que hoy está de luto. Pepín Bello, el último superviviente de la Generación del 27, el que nunca escribió, fallecía pocas horas antes.
La Residencia de Estudiantes acoge hasta el 2 de marzo una interesante exposición que conmemora la creación, en 1907, de la Junta de Ampliación de Estudios, antecedente directo del CSIC, hasta que en 1939 la purga franquista contra los científicos cuyas investigaciones fueron auspiciadas por la República cerró sus puertas y abrió la página más negra en la historia reciente de la ciencia española.
Esta exposición muestra el trabajo de la Junta en cinco áreas concretas: la investigación neuronal de Santiago Ramón y Cajal, el habla, la educación, la materia y Guadarrama, entendida como laboratorio natural. Además recoge numerosas fotografías y utensilios de investigación de la época.
150 años de ecología
La lluvia y el viento arrecian y dificultan llegar a la última parada: la exposición 150 años de Ecología en España, en el Museo de Ciencias Naturales. Con ese título, se crean más expectativas de las que se satisfacen. A pesar de que la entrada es gratuita, las salas están casi desiertas. Una vigilante de seguridad comenta que no es lo normal. Dice que durante los fines de semana es muy frecuente que acudan familias enteras.
Organizada en cinco ámbitos diferentes, la exposición pretende hacer un recorrido por la historia de la ecología en España. Sin embargo, lo que a priori parece un objetivo muy ambicioso -desde sus orígenes hasta lo que deparará el siglo XXI- se queda en una serie de paneles explicativos, muchas fotos y animales disecados, donde lo más interesante es poder ver cómo se aparea una pareja de linces en el centro de cría de El Acebuche, gracias a las cámaras de vigilancia.
Resulta triste que el mayor atractivo de una exposición sobre un tema de plena actualidad y que ofrece infinidad de enfoques esté en la tienda de regalos, pero ésa es la realidad: a la Ciencia española le queda un largo y difícil camino por recorrer.
Llueve sobre el Madrid científico. Y parece que llueve sobre mojado.





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